Por Alejandro Lorenzo
Existe un tipo de literatura que se factura en Cuba y que llama la atención por la intrincada condición de su lenguaje y el modo de desordenar los conceptos y situaciones, y ese factor aparentemente caótico se encuentra presente tanto en la poesía como en la narrativa, incluso, ambos géneros llegan a entremezclarse, creando en algunos casos un andamiaje críptico, onírico, irreal, del cual el lector no sabe hacia dónde conduce, ni dónde se encuentran sus fronteras, y sin embargo lo atrapa.
Existe un tipo de literatura que se factura en Cuba y que llama la atención por la intrincada condición de su lenguaje y el modo de desordenar los conceptos y situaciones, y ese factor aparentemente caótico se encuentra presente tanto en la poesía como en la narrativa, incluso, ambos géneros llegan a entremezclarse, creando en algunos casos un andamiaje críptico, onírico, irreal, del cual el lector no sabe hacia dónde conduce, ni dónde se encuentran sus fronteras, y sin embargo lo atrapa.
Entre esos libros raros, producidos por algunos autores cubanos contemporáneos se hallan los de María Cristina Fernández, (Santiago de Cuba, 1970), y que reside desde hace cuatro años en Estados Unidos. El primero, publicado en Cuba: Procesión lejos de Bretaña, Cuentos (Editorial Letras Cubanas, 2000) y, el segundo, El maestro en el cuerpo editado y publicado por la autora y presentado en el espacio alternativo Zu Galería en la ciudad de Miami el pasado febrero del presente año.
A pesar de cambios de rumbo en el hilo de la trama, donde aparecen y desaparecen sus personajes sin darle mucha explicación al lector, ni el porqué de tales movimientos arbitrarios, sus cuentos sorprenden. Sus cuentos parecen conseguir reflexión estética por lo que pueden encontrarse asociados con la poesía, la filosofía y un importado misticismo oriental, ocultista, que se ha apoderado posiblemente de ella y de un sector de la juventud cubana. Cada cuento es simple, interiorista, y descriptivo, escritos con mucho afán de intemporalidad y de alejarse de los contornos del país de origen, recurso no logrado, porque el contorno social de un país por mucho que se oculte sale forzosamente.
Entre los recursos, es el desdoblamiento el principal. Unas veces representa a la mujer, otras al hombre, incluso confusamente ambos géneros, con una variedad de oficios y estados emocionales que inserta en alterados paisajes. Una demostración de que el relato no debe ceñirse a espacios geográficos y, posiblemente, a determinado tiempo.
Sin embargo, este vistazo preliminar de su reciente labor, conlleva a realizarle algunas preguntas a esta singular autora.
¿Por qué esta predilección por los iluminados y los que padecen de una especie de síndrome mesiánico?
Creo que ese síndrome mesiánico en mis personajes es parte de una voluntad de sanar una realidad aquejada de un sinfín de limitaciones y situaciones sin salida aparente. Mis personajes son el calcado de esa gente que se arroga el poder de cambio por su cuenta, fundamentándose en un discurso de salvación o en la creencia en una misión o destino.
Asumo que esos ``iluminados'', buscan conexiones con lo transcendental desde las márgenes de un proceso social que olvida lo divino, falsea la historia o maniata la cultura. Los discursos del poder que se apoyan en la beligerancia, el culto al dinero o al éxito, diseminan la miseria en todos los órdenes. Todo esto no hace al hombre, más bien lo deshace. El iluminado, una suerte de loco lúcido, ve por los otros y problematiza la existencia en busca de alternativas. Me interesan las maneras en que subvierten los valores y aportan su diferencia. En ellos ubico, al menos literariamente, una expectativa de redención. Son parte de la poesía de la resistencia, o la resistencia de la poesía a dejarnos morir.
Algo curioso. No demuestras en tu literatura una entrega visible a una causa o a una ideología determinada.
No, no hay una entrega visible a una causa determinada. Sí muchos acercamientos, conexiones, tanteos. Por momentos hay empatías con nombre; puede que hasta asuma las causas de mis personajes para cuestionarlas o abandonarlas después. Creo que un exceso de causas ha puesto al hombre en jaque. Lo que sospecho ayudaría es librar al mundo de esa tendencia a la tendencia. La búsqueda de la causa sin causa puede ser un buen ejercicio practicable desde la literatura.
Tus cuentos reflejan que tú y los personajes elegidos andan de viaje, como si la vida estuviera en otra parte, parodiando un título de Milan Kundera.
En mis cuentos ``el viaje'', más que un contexto, es una actitud; es la condición para dar paso a otros estados menos viables desde la condición de lo asentado. Estados como el desapego, la subversión de lo asimilado, la apertura al mundo natural, o simplemente el despegue, la capacidad del desplazamiento. Pero a esta visión a veces se suma la noción de viaje en el sentido de desplazamiento interior. Estamos hablando de los viajes inducidos por y que se pueden alinear con la primera variante del viaje en la búsqueda de una plenitud.
Sin ánimo de predicciones, en la autora de El Maestro en el cuerpo se asoman indicios de cierto virtuosismo, y la capacidad de asumir con lenguaje depurado la desbordante imaginación que implica toda buena literatura. Esta combinación de cualidades anticipa que podremos encontrar en María Cristina Fernández a una escritora de alto calibre.
Fuente: Nuevo Herald


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