El Caballero de Paris era un loco que deambulaba por la Habana. Dicen que se llamaba a sí mismo “caballero“ y hay quien lo recuerda vestido con una capa y todo (no ya un trapo oscuro y mugriento con el que se envolvía), y así lo hay querido “inmortalizar“ con una estatua que a mí no me recuerda mucho a aquel loco demacrado y andrajoso que olía a orine y llevaba unos drelos blanquesinos llenos de piojos. Era un loco, como muchos de los que acostumbramos a ver en La Habana, con ese aire de estar viviendo alguna realidad paralela y mostrando sin embargo un total desamparo físico ante la realidad compartida por “los cuerdos“. Evidentemente el punto de encaje de su percepción se movió un día y nunca más regresó a lo que consideramos “normal“.
Lo que me asombra es cómo el recuerdo ha fabricado una imagen edulcorada de lo que en verdad era un individuo rechazado por la sociedad que vivía al margen de ella, en sucios rincones donde armaba su tinglado de basura, anclado al síndrome de diógenes que lo hacía acumular cosas desechadas por otros. Supongo que, como siempre, la memoria selectiva hace que la nostalgia de lo que tenía de “bello“ triunfe sobre lo que tenía de patético, y de esta forma la misma sociedad de “cuerdos“ que lo consideraba una anomalía urbana, barra el polvo hacia un rincón, y lo deje escondido allí dentro de ese caballero de bronce bien vestido que hoy ostenta su nombre.
Es gracioso que la bella nostalgia que ha dejado este loco tenga tanto que ver con su leyenda de falso caballero. Porque dicen que en verdad era uno más de aquellos españoles que emigraron a la isla en busca de fortuna, y que para nada ostentaba un título de nobleza. Pero nuestra islita hizo tanto para desvirtuar y eliminar todo rezago de burguesía y aristocracia que muchos guardaron dentro de sí la nostalgia de aquellas como un tesoro...Y este loco caballero estaba ahí para evocarla.
Yo lo veía de niña por la Calle San Lázaro, y recuerdo cómo los niños le molestaban gritándole cosas y cogiéndole sus objetos, sólo para oírlo gritar. En general era un ser bastante apacible, pero asustaba sólo el hecho de verlo, y nadie quería pasar muy cerca de él para no sentir la peste que emanaba. Parece que justo después de que lo recogieron en la casa de locos de Mazorra y lo bañaron y limpiaron y pelaron, fue que murió. Normal, si a un loco le quitan la locura, ¿qué le queda?.
Sería mejor en vez de venerar una fría estatua de bronce, mirar con nuevos ojos a esos otros tantos locos que aún siguen deambulando por las calles de La Habana, sabiendo que son gentes que alguna vez fueron como nosotros, que algún detonante en sus vidas los hizo caer en ese lado “obscuro“ que nosotros no atinamos a comprender. Y no porque no sean “caballeros“ o carezcan de leyenda, pasen como sombras grises ante nuestra dura indiferencia.
María Villares
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1 opiniones:
EXCELENTE REFLEXION SOBRE ESTE PERSONAJE DE VIDA DURA Y LEYENDA ROSADA.
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