sábado 16 de octubre de 2010

DIE WELLE- La Ola. La autocracia que llevamos dentro

Ay de ese primitivo instinto de sobrevivencia que nos impulsa a querer formar parte de un colectivo donde el ego deja de ser un algo pequeño y solitario y se convierte en un Todo Común. Allí se difuminan nuestras debilidades en una fuerza que cierra sus fronteras en torno al miedo. Una vez dentro, “somos mucho más“, como si el hecho de pertenecer a una comunidad nos diera más poder. Es la idea de que identificándonos con una marea de “muchos“, nuestra identidad cobra una dimensión mayor en grandeza y valores.
Lo más conmovedor es que esto parte de ese pensamiento “positivo“ de que en la unión está la fuerza, y ningún ser humano puede negar que es movido por esta idea desde nuestro fuero más interno. Toda nuestra vida andamos buscando aceptación, guiados por el anhelo de reconocernos en los demás, es decir, que los demás nos reconozcan como ellos mismos. 
Esta innata pasión se manifiesta desde el puro “amor“ hacia nuestros padres y nuestra veneración a esa primera institución que es la familia. En ella encontramos protección, en sentido genérico, y es algo así como la esencia de lo que entraña pertenecer a una sociedad. A partir de la familia, en orden ascendente en cuanto a número de miembros, nos vamos encontrando los diferentes grupos sociales a los que pertenecemos por afinidad o vinculación relacionada con nuestra actividad en el mundo. Es decir, vecinos, compañeros de trabajo o estudio, colegas que comparten nuestra misma profesión u oficio, organizaciones sociales de todo tipo, sectas religiosas, etc. Así hasta llegar al Estado, la cabeza de toda la sociedad.
Nuestro sentido de la identidad va de este modo fluctuando dentro de estas delimitaciones, y normalmente las que más se alejan de la primera y esencial son las que tienen más poder, y por ello son las directrices hacia donde nos movemos. 
Es por esto que un régimen de autocracia puede llegar a reproducirse en casi cualquier situación histórica, y aún en grado pequeño dentro de cualquier grupo social. Un líder o cabeza de la sociedad es el que toma las decisiones mientras el resto de los humanos simplemente aceptan y relegan sus responsabilidades en él, renegando de su capacidad de decisión individual. ¿Nos suena esto de algo? El fervor que se siente en cuanto se entra en un juego semejante, por un supuesto consentimiento voluntario, no tiene parangón en cuanto al ejercicio de la pasión ciega.
Es increíble cómo personas medianamente inteligentes pueden llegar a formar parte de un mecanismo semejante, siendo capaces de obedecer los mandatos de este líder, quien normalmente usa palabras como “nosotros“ cuando habla en primera persona, transmitiendo de este modo la ilusión de estar hablando en nombre de todos los que escuchan, los cuales llegan a creer que esta persona es su propia voz. Todos los que no se identifiquen con esta voz, quedan fuera de este poder colectivo, por lo tanto, son considerados disidentes que ponen en peligro el poder de este estado.
Creo que una fuerte condicionante de esta situación es el miedo que tienen los humanos a pensar por sí mismos, y a correr el riesgo de que este pensamiento cultivado de forma individual no sea aceptado por el colectivo, al ser diferente al del líder elegido. Esto en definitiva no es otra cosa que el miedo que tiene el Ego de no ser “importante“ o “especial“. Por esto resulta relativamente más fácil identificarnos con un Ego que se manifiesta a sí mismo como importante y especial y nos incita a identificarnos con él para engordarse a sí mismo aún más. Al fin y al cabo lo que hacemos es ofrendar nuestro ego a ese otro Ego convirtiéndonos en su alimento. Perecemos como presas en la voraz boca de aquel que dice ser “nosotros“. Nos ponemos al servicio de sus intereses, sólo para creernos que hemos crecido hasta alcanzar su propia dimensión, y que hablamos a través de su voz. Esta posición es ilusamente “cómoda“ ya que nos libera del esfuerzo y del riesgo que presupone tener un pensamiento diferente que se convierta en pretexto para echarnos de la manada. 

Y con esto arribo a la conclusión de que tampoco se trata de ser la oveja negra, porque un punto negro en medio del blanco no es otra cosa que el centro de la diana. Quizá nos toca radicalmente dejar de ser ovejas. ¿Y cómo? Pues eso debe descubrirlo cada uno por sí mismo.

Texto: María Villares
Fuente: La Paradoja de la Percepción

Comentario suscitado por el film La Ola (Die Welle) de Denis Gansel, basada en la novela homónima de Morton Rhue (1981) que a su vez se basaba en un experimento de un profesor de un instituto de Palo Alto (California).

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