
Si decimos que el fin de la vida humana es ser libres, el impacto de tal declaración no será suficiente para acallar la pregunta: ¿Y de qué se trata finalmente? Eludo las definiciones filosóficas o teóricas de cualquier clase, no nos pueden alcanzar a todos. Suelen ser útiles pero no sirven en la experiencia de lo cotidiano. Es desde esa experiencia, que no nos hace a todos iguales, pero sí nos reubica en una dimensión tocada por todas las dimensiones en las que existimos (personal, social, psicológica, y trascendente, la del gesto de superarnos hacia nuevos horizontes de sentido y experiencia), que vale la pena cuestionarse las grandes palabras, esas que como libertad han quedado vacías de contenido y han terminado siendo demasiado “democráticas”: ahí están para servirse de ellas, para bien o para mal.
Quizás no podamos decir qué es, pero siempre podemos decir lo que no es, o al menos intentarlo. Intentemos comprenderlo o aplicarlo a los modelos sociales que conocemos: la oferta del capitalismo pareciera ser la más jugosa; a juzgar por el uso y abuso de la palabra y sus conjugaciones: libre, libertades, libertinos, nunca libertario, nunca en la operación de liberar, más bien una libertad que está “puesta ahí” para que la disfruten los que puedan. Libre mercado: compra y vende, juega el precio, que corra la adrenalina. Ese reflujo continuo supuestamente te libera. Te deja “libre” para elegir entre lo existente (ilusión de la finitud que parece a primera vista infinita), pero no para construir “otros” universos de sentido y significado y habitarlos. Esta clase de libertad no deja lugar siquiera a la pregunta de otras posibilidades que nos involucren más allá del sujeto que compra o que usa. El resultado de un orden tal es el cinismo, lo que se esconde tras la frase: “That’s the way it goes” (“Las cosas son así”), cuando las preguntas o los reclamos se hacen a nombre de las víctimas, sean estas poblaciones aborígenes, países del tercer mundo o cualquiera que haya abonado con su trabajo y su sangre a la elegancia y exuberancia de las grandes ciudades del primer mundo.
El socialismo es supuestamente una alternativa. Asistimos hoy a redefiniciones: socialismo del siglo 21 se le dice a una variante más flexible, más acorde a los tiempos, más enfocada a la diversidad, más compleja si se quiere. La variante que se aplicó en Cuba ofrecería supuestamente, frente a la inconmovible predación del capitalismo, una alternativa compartida por todos: “Del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, decían. Justicia social es la palabra de orden, igualdad de derechos, de posibilidades, de opciones. Esta “igualdad” terminó por imponer una lógica de la homogeneidad, de lo hegemónico. Sin embargo todavía a unos cuantos nos hacen llorar las escenas del documental Demoler, donde uno de tantos hombres que dedicaron su vida a trabajar los centrales cubanos y ahora atestiguaba su cierre y desmonte, dice conmovido que vale la pena, si es para el bien común, renunciar a la vida tal y como la concibieron y la conocieron. Nos hacen llorar porque todavía creemos que algo así ha de ser posible, construible, y también porque hace ya bastante, es la nostalgia; nostalgia de los tiempos en los que el proyecto de una sociedad nueva y un hombre nuevo que la hiciera posible, era una aspiración común; nostalgia de la utopía, de la necesaria socialización de la esperanza.
Ese ideal, aplicado por unos pocos sometidos a presiones de todo tipo, (y habrá que recordar esas presiones para intentar una objetividad futura cuando toque reconstruir la memoria de lo que hoy es presente) y empeñados en creerse los únicos con la razón y la capacidad para enfrentar la construcción de una realidad que siempre será, por su propia naturaleza, utópica, ha devenido en el entorpecimiento de la capacidad de la propia sociedad de recomponerse a sí misma, de reconstruirse, de crecer. Si la sociedad en su conjunto no se plantea ser perfectible, irá a una degeneración inevitable. Si en la intención de ser perfectible, esa sociedad no se plantea eliminar lo que la limita, entonces es una farsa y sus fundamentos deben ser sustituidos. Si esa sociedad además tiene un dueño o grupo de dueños que se creen en el derecho de hablar y decidir por los otros y de justificar el uso de cualquier medio para lograr ese fin, eso solo significa que se han sumado a imperativos sociológicos y existenciales, los imperativos de los egos de los gobernantes, y entonces, no queda alternativa que plantearse una renovación total, una reconquista de la Libertad.
Esa es la situación en la que nos encontramos hoy en Cuba. La palabra “Libertad”, en ninguna de sus conjugaciones, cabe en un panorama así. Sabemos que liberar los celulares, la renta de habitaciones en los hoteles o autorizarnos a hablar en Asambleas no es “la Libertad”, y sabemos también que la libertad del liberalismo solo funciona en un estrecho escenario, un escenario por demás autodestructivo.
Lo que la necesidad de hacernos responsables por renovar los fundamentos de nuestra sociedad nos impone como seres que vivimos en este mundo, es encontrar una alternativa viable, una alternativa que nos permita dar la espalada al dualismo casi inevitable de estar a favor o en contra de la “Revolución”, a favor o en contra del enemigo (entre otros dualismos), y de frente a una Libertad que podamos definir mientras vamos construyéndola. Una alternativa, un proyecto de país que nos permita mirar hacia el futuro y no solo al presente siempre ocupados como estamos en navegar las turbulentas aguas de la incertidumbre y en construirnos pequeñitos espacios de supervivencia. A lo que sea que se parezca el futuro de Cuba, deberá llevar esa libertad operante, operativa, antes de que el cínico “That´s the way it goes”, nos corroa y nos permita contentarnos con algunas de las “libertades” que unos y otros nos prometen como sucedáneos. Por eso lo permanente ha de ser siempre la intención de reconstruirnos, sin dueños ni fuera ni dentro, de hacer nacer un mundo en el que lo único permanente sea la búsqueda, el cambio. Fue Marinello quien dijo que toda gran libertad lleva en sí una gran responsabilidad. No deja de ser cierto, pero prefiero invertir el orden, porque ninguna libertad es regalada (antes lo dijo Maceo: “se conquista con el filo del machete”); más bien, es la responsabilidad la que nos hace libres.
Esa responsabilidad de nosotros hacia nosotros no podemos eludirla, a riesgo de dar por bueno el orden universal con tal que no nos toque la puerta, al estilo del aldeano vanidoso de “Nuestra América”.
El proyecto de socialismo libertario y sus principios de diálogo, autogestión y consenso; el de socialismo participativo y su convocación a una verdadera socialización de las riquezas y los recursos; la creación de iniciativas autónomas, el resurgimiento y atesoramiento en muchos del ideario de la Revolución que el propio gobierno parece haber dejado por el camino, más concentrado en controlar que en cualquier otra cosa, y fundamentalmente, la recuperación de nuestro bien humano más preciado: la libertad de conciencia, la libertad de elegir seguir caminos propios y hacerse responsable de convertirlos en una alternativa realizable, el poder de cultivar antídotos contra el colonialismo mental, dígase aquel proveniente del neoliberalismo o de cualquier intento de hacer pasar por justicia la exclusión; esa libertad sin la cual ninguna otra es posible, muestran que hay un camino que vale la pena recorrer por el camino mismo, muy a pesar de las barreras puestas una y otra vez a la información, el discernimiento y la elección responsable y comprometida.
Autor: Hilda Landrove

0 opiniones:
Publicar un comentario en la entrada